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POST-TREMOLINA

21-09-2006

<center>21-09-2006</center>

16:00. Príncipe Sala 7.
More. Barbet Schroeder. Francia-Luxemburgo-Alemania. 1969.

Película de esas llamadas de “culto” para inaugurar el Zinemaldia en la que con música de Pink Floyd al fondo se nos narra el descenso a los infiernos de la droga de un recién licenciado en Matemáticas. De la hierva a las anfetaminas, de estas al opio y de aquí, sin remedio a la heroína. Un breve paseo por el LSD y vuelta al caballo con fatídicas consecuencias, como era previsible.
Si bien no pensaba ver esta película fue una certera recomendación del Señor Botibol, chico de fiar a la hora de descubrir perlas oscuras de la filmografía mundial la que me animó a incluirla en mi lista de pelis a ver este año. lo cierto es que han sido dos horas bastante entretenidas, teniendo en cuenta la descontextualización histórica con la que se ve ahora el filme.
Stefan no deja de ser un chico que en los primeros minutos reclama su derecho a un viaje iniciático en el que escapar a “un sitio cálido”. De Alemania a París y de allí, influido por la mujer fatal encarnada en la irresistible y desconocida , Mismy Farmer, un salto a la mediterránea Ibiza. Ya en la ciudad de la luz el inocente Stefan pregunta a Estella “qué es eso” señalando una bolsa llena de hierbajos (más tarde querrá saber “qué es caballo”). Ella, sin responderle, lía un porro con la hierba y, encarnación moderna de la Eva primigenia, le ofrece su primera calada, que si bien en el génesis significaba la expulsión del paraíso en este caso no deja de ser un primer peldaño, complementado con su primer revolcón con Stella, en un falso mundo de alegrías que pronto les llevarán a esa isla antes mencionada.
En ella irán sucediéndose las escenas que Inés Alcántara, en su escapada con el inglés barbudo, nos escatimó. Si la hija del ficticio tardo-franquismo televisivo vive una Ibiza de paz, amor y vida sana que ni The Poliphonic Spree, la del filme de Schroeder se asemeja a un contubernio de beatnicks descarriados, neonazis que juegan con cuchillos y trafican con heroína y judíos extraños que le dan a los “corazones púrpura”. Todo ellos rodeados de paletos autóctonos y turistas embrutecidos que piden “vino rojo”.
Y entre medias reflexiones sobre “la generación sicodélica”, que darían para unos cuantos “Fuera de Contexto”. Una pasada, vamos.

18:30. Príncipe Sala 7.
La Vallée (El Valle). Barbet Schroeder. Francia. 1972.

Bajo la etiqueta de Les Films Du Losange, productora que cobijó a buena parte de las películas de mi querido Rohmer y de otros muchos directores surgidos de la Nouvelle Vague, se ampara El valle, una película con más similitudes con More que la música de Pink Floyd, que en este caso no casaba tan bien con las imágenes maravillosamente fotografiadas por Nestor Almendros, que volvía repetir con Schroeder.
Y es que aquí también hay un viaje físico, que tiene su reflejo en lo psíquico. En este caso es el personaje encarnado por la esposa del director, Bulle Ogier, ociosa mujer de un embajador que por curiosidad burguesa se embarca con dos hombre, uno de ellos su reciente amante, y dos mujeres en la búsqueda de un mítico valle situado en una región inexplorada de Nueva Guinea, llamado a ser una nueva arcadia, una Shangry-la de la que nadie quiere volver.
Si en un primer momento la protagonista solo persigue unos cuantos encuentros sexuales con su nuevo fichaje y conseguir plumas de pájaros a punto de extinguirse con los que comerciar en París, poco a poco algo empieza a cambiar en ella y decide seguir hasta el final, enamorándose de su pareja. Tanto se transforma su mentalidad que al “descubrir” a la tribu Mapuga, y tras una escena bastante conocida en la que estos mandan saludos al hombre blanco al ser la primera vez que los filman que cuando su chico le dice que todo eso que están viviendo con la tribu, su “integración” participando en los cantos y rituales es falso, que “no dejan de ser turistas” ella se enfada echándole en cara que “en el fondo él es como su esposo”.
Y es que Schroeder a pesar de estar rodando una película de ficción no deja de meter en él escenas netamente documentales que en su versión completa se pueden ver en el ciclo que se le dedica, ya que incluye cuatro cortometrajes en los que repasa las costumbres (cocina, maquillaje, canto y sacrificios animales) de los aborígenes nueva guineanos.
Si llegan al valle dichoso es algo que no leerán aquí.


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2 comentarios

señor botibol -

joer, es verdad, muy bueno también el "toque documental" de utilizar a los paletos ibicencos reales de la España franquista, con intervenciones tronchantes e inquietantes a partes iguales.

señor botibol -

ja ja ja, me alegro de que te haya molado y que le hayas pillado el punto, está muy divertida la crítica, es una peli bien rara por que no deja de ser un producto descarado de drugs-and-sexploitation (con escenas de softcore gratuito y un descenso al infierno de la droga que recuerda un poco a "the trip") ,pero todo ello con el punto bizarro del rollito auteur del Schroeder.Recuerdo especialmente lo que comentas del retrato demencial de Ibiza-que a mi se me antoja especialmente verosimil-, con unos personajes que parecen sacados de un tebeo del Tintín del lado oscuro.Y los momentos de jipismo idílico-primaveral en la casita blanca junto al mar ,cuando le dan sólo a los porros y a los tripis, los recuerdo bastante conseguidos.
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